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¿La gente busca a Jesús?

Eduardo Moreno

diciembre 8, 2025

Hoy desperté y le di gracias Dios porque no soy como ese pecador de allá.

-El Fariseo

Esa parábola, me recuerda a la frase del filosofo Sartre »el infierno son los otros». En nuestra condición pecaminosa, es muy fácil identificarnos mas fácilmente con los buenos que con los malos. En el evangelio de Juan encontramos una de esas historias con las que difícilmente nos sentimos identificados, porque, desde luego, el infierno son los otros.

La primera parte del capítulo seis de Juan nos describe una de esas ocasiones en las que Jesús multiplicó la escasa comida para lograr alimentar hasta la saciedad a más de cinco mil personas. De acuerdo con algunos estudiosos, se estima que en este lugar se aglomeraron alrededor de veinte mil personas, lo cual hace aún más asombroso este milagro. Sin duda, esto fue lo que la gente pensó cuando logró alimentarlos con tan solo cinco panes y dos pececillos, pues, «viendo la señal que Jesús había hecho», dijeron: «Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo». (Juan 6:14)

Después de esto, el evangelio de Juan nos narra lo siguiente:

22 El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que estos se habían ido solos. 23 Pero otras barcas habían arribado de Tiberíades junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias al Señor. 24 Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaúm buscando a Jesús.

¡Qué hermosa escena! La gente notó que el Maestro, el gran Profeta que había de venir a esta tierra, no seguía entre ellos, así que decidieron buscarlo, literalmente por mar y tierra. Era tan grande su deseo de estar con él y seguirlo que cruzaron al otro lado del mar sin importarles las dificultades que pudieran presentárseles. ¡Eso es fe!

Sin embargo, como es costumbre, Jesús los recibe con un tono áspero y grosero: «De cierto, de cierto les digo que ustedes no me buscan por haber visto señales, sino porque comieron el pan y quedaron satisfechos». ¡Pero Jesús! ¿Qué manera es esa de recibir a esta gente que arriesgó su vida en el mar para venir a seguirte? ¿Acaso no es eso lo que quieres? ¿Que la gente te siga?…

Esto me recuerda mucho al pueblo de Israel.

¿Cuántas veces el pueblo de Israel no vio señales milagrosas en el desierto? Cuando tuvieron frío, una columna de fuego los acompañaba; cuando tuvieron calor, una nube los cubría; cuando tuvieron hambre, ¡Dios envió el maná del cielo! ¿Y aun así no creyeron en Dios? ¿Aun así hicieron un becerro de oro para adorar? ¿Aun así tuvieron la osadía de ir en contra de la ley del Dios Altísimo? Querido lector, esto somos tú y yo.

Ingratos pecadores que no practican, como el salmista, la meditación y memorización de las obras del Señor:

Es mejor que haga memoria de las obras del Señor.
Sí, haré memoria de tus maravillas de antaño;
meditaré en todas tus obras,
y proclamaré todos tus hechos. (Salmo 77:11-12)

Esto no demuestra otra cosa sino la necedad del corazón humano. ¿Cuántas veces hemos escuchado de otros (o nosotros mismos): «Si tan solo Dios hiciera tal o cual cosa, yo creería en él (o en su fidelidad) y me entregaría por completo»? El salmista te respondería: “Haz memoria de sus maravillas de antaño”.

¿Cuántas veces el Señor ha provisto tus necesidades? ¿Cuántas veces, de forma inexplicable, ha obrado a tu favor? ¿Cuántas de tus oraciones han sido respondidas? ¡Y aun así dudamos del Señor! Incluso si él decidiera que nuestra vida fuera una tragedia tras otra, nuestra vida debería rendirse en total y completa adoración, por el simple hecho de que en nuestro corazón habita la perfección de su Hijo para salvación.

¿Hay algo que Dios pueda quitar de tu vida que te pueda hacer renegar de la fe? Sí hay algo: ese algo es tu dios, y debes derrocarlo del trono para permitir que el Soberano tome su lugar como lo más importante de tu vida. Hay plenitud de gozo y delicias a la diestra de Dios. O como dijo Agustín de Hipona: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

A esto se refiere Jesús cuando reprende a la multitud y les dice: “Yo soy el pan de vida. El que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás”. (Juan 6:35)

Todas nuestras necesidades (físicas, emocionales y espirituales) pueden y deben ser cubiertas en Cristo; de lo contrario, valoramos más otras cosas que al mismo Hijo de Dios y, por lo tanto, estamos despreciando la sangre del Cordero derramada en la cruz.

En realidad, el infierno no son los otros; somos todos.

Yo, al igual que la multitud, después de haber comido hasta la saciedad tuve el descaro de decir: «¿Acaso no es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos?» (Juan 6:42). Yo, al igual que Elías, me he acobardado ante un problema menor cuando Dios acaba de hacer un milagro monumental como mandar fuego del cielo. Yo, al igual que Israel, me olvido de quién es mi proveedor y sustentador y rindo mi corazón a cosas sin valor como el oro y la plata.

Pero Dios entregó a su Hijo en el desierto para saciar el hambre física y lo aplastó en la cruz para saciar el hambre espiritual.

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». (Juan 6:68)

Categoría: Devocional

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