Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. 1 Timoteo 1:15
¿Cómo se ve una vida impactada por el evangelio?
Creo que esa es una de las preguntas más frecuentes que como cristianos nos hacemos o le hacemos a otras personas. Cuando comenzamos nuestro caminar con Cristo, queremos, de una u otra forma, tener la seguridad de que estamos viviendo de la manera correcta. Recuerdo que después de que tuve mi encuentro con Jesús, la primera pregunta que le hice a mi entonces pastor fue: “¿y ahora qué sigue?” Yo no sabía qué era el evangelio, no sabía que necesitaba ser perdonado, no entendía absolutamente nada acerca de Jesucristo muriendo en una cruz; yo solamente respondí a un sentir en mi corazón que me decía: “pasa al frente a orar”. No sabía qué era lo que estaba pasando, solo recuerdo tener esa pregunta en la mente: “¿Qué sigue?”
Si bien es cierto, en mi primera pregunta como cristiano no mencioné de forma explícita la palabra evangelio, sí existía en mi mente una duda genuina por saber qué era lo que debía hacer ahora o cómo debía verse una vida impactada por el evangelio. Como muchos de ustedes, mi relación con el Señor y mi crecimiento espiritual ha sido gradual y, para ser honesto, siento que ha sido más lento de lo que debería, pero he avanzado. En este caminar me he encontrado con una constante que no ha cambiado: soy pecador.
Es cierto, soy perdonado delante del Padre por medio de la sangre del Hijo. Mi culpa ha sido puesta sobre Cristo y su justicia ha sido puesta sobre mí. Pero sigo siendo pecador. Recuerdo que hace tiempo alguien me contó acerca de un amigo que de forma bastante confiada aseguraba que ya no era pecador porque Cristo lo había limpiado. Estoy seguro de que no malinterpretamos sus palabras, porque de manera literal dijo que ya no pecaba. Desafortunadamente, no tuve la oportunidad de hablar con la persona que hacía esta afirmación para dialogar al respecto, pero sí pude platicar con el amigo que me contó aquella situación. De manera conjunta revisamos algunos pasajes de la Escritura y pudimos “refutar” a aquel amigo sin que se diera cuenta.
El pasaje que se encuentra al inicio resulta bastante interesante, no solo por las palabras textuales, sino por el contexto inmediato en el que se encuentra. Pablo está escribiendo a su hijo en la fe, Timoteo. Como de costumbre, inicia su carta con un saludo al receptor de la carta. Después, nos da una breve pero bastante detallada descripción de la labor de Timoteo en la iglesia de Éfeso. A partir del versículo 12, Pablo hace una descripción de su propio ministerio. Característico en Pablo, este reconoce que su llamado fue hecho por Cristo Jesús y no por hombres, como dice en otras cartas. Por último, hace una declaración de la gracia de nuestro Señor sobre su vida, contrastándola con su vana manera de vivir antes de conocer el evangelio. Es en esta sección que estamos interesados.
Cuando Pablo habla acerca de su pecado, lo hace para poner de realce la gracia de Dios. No vemos a Pablo victimizándose por su pecado, sino declarando de manera tajante que la gracia de Cristo lo ha levantado y restaurado de su antigua vida. Sin embargo, Pablo dice en el versículo quince: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” Notemos que no dice “era el primero” o “fui el primero”. La palabra que Pablo usa en el idioma original es “eimí”, que significa “yo soy” o “estoy siendo”, lo cual nos permite argumentar con justa razón que Pablo se considera a sí mismo el primero de los pecadores en ese preciso momento; no solo en el pasado, cuando fue encontrado por Jesús. Pudiéramos profundizar más acerca de este tema respecto a las posturas teológicas de la salvación y los conceptos legales y forenses usados por Pablo en otras secciones, pero no es el tema central en este artículo.
Retomando, en Romanos 7:15 el apóstol nos dice: “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.” Pablo no está diciendo que su cuerpo es aún esclavo del pecado, sino que, de manera específica, habla de un pecado remanente (otro término para profundizar) que sigue en sus miembros y que lo seduce a hacer el mal que no quiere. Cuando somos atravesados por el evangelio de la cruz, nuestros afectos cambian. Es decir, lo que antes nos era agradable hacer y hacíamos sin temor alguno, ahora, cuando lo hacemos, no lo hacemos con agrado, sino con convicción de pecado y con el Espíritu confrontándonos con ello.
Cuando aceptamos nuestra condición de pecado, el Espíritu Santo nos comienza a llevar en un proceso para vivir en plena dependencia de Él. Pablo nos dice en Gálatas 6 que “aquellos que son espirituales […] cuídense de no caer”. Pablo no niega en ningún momento que aquellos que son maduros en la fe puedan caer; al contrario, los exhorta a ser cuidadosos de no caer en tentación cuando restauren a un hermano caído. De hecho, considero que aquellos que son espirituales deben ser quienes tienen mayor conciencia de su pecado y buscan depender más del Espíritu Santo. Nuestro Señor Jesucristo dijo: “Velad y orad, para que no entréis en tentación”.
Todo esto es especialmente relevante, porque cuando somos conscientes de nuestra tendencia al pecado, somos conscientes de nuestra necesidad del Espíritu Santo. Nuevamente, Pablo no dice que es el peor de los pecadores porque se está victimizando, sino porque está comparando su vida con la de Cristo. Ese es otro factor importante en nuestra vida cristiana: si hemos de comparar nuestra forma de vivir con la de alguien más, ese alguien debe ser Cristo y no otras personas en nuestro entorno.
Querido lector, debemos ser cristianos que estén alerta constantemente contra las amenazas del enemigo. Ser espirituales no nos pone en un lugar lejano a las tentaciones, sino que nos permite ser conscientes de nuestras debilidades, porque es en esas debilidades que el poder del evangelio se perfecciona. Pablo se considera a sí mismo el primero de los pecadores, y ciertamente nosotros deberíamos hacerlo; no como una forma de victimizarnos y autosabotearnos, sino como una forma de reconocer que nuestras debilidades nos pueden hacer caer y que, debido a ello, debemos estar siempre alertas a cualquier tentación que nos aceche. La santidad es un proceso en el que es necesario que nosotros nos debilitemos para que Cristo sea exaltado.





0 comentarios