Existen frases y expresiones que se acumulan en nuestra mente de forma involuntaria y que, ciertamente, no aportan mucho valor a nuestra forma de ver e interactuar con el mundo. Sin embargo, existen otras que nos marcan profundamente. Nos hacen replantear muchas de las cosas que consideramos verdad e incluso nos hacen cuestionarnos por qué no habíamos considerado ese tema con anterioridad para nuestra vida.
Eso mismo he experimentado las últimas semanas; una introspección profunda que me ha llevado a replantear aspectos de mi vida que deben ser alineados a esta nueva verdad descubierta. La siguiente frase ha dado vueltas en mi cabeza, creando escenarios imaginarios que no son del todo imposibles y que generan un sentimiento en el que prefieres prevenir que lamentar.
“Si no eres capaz de ejercer violencia, no eres pacífico, eres inofensivo”. – Jordan Peterson.
(Peterson fue quien popularizó la frase, pero no es de su autoría).
Recientemente he visto algunas películas que me han hecho meditar en esta expresión. “Last Seen Alive”, protagonizada por Gerard Butler, narra la historia de un matrimonio en decadencia que atraviesa por una experiencia bastante dramática, como lo es un secuestro. En la película, Will (Gerard) comete una serie de delitos con tal de encontrar a su esposa. Esto me hizo preguntarme: “¿Qué soy capaz de hacer para proteger a quienes amo?” “¿Qué pasaría si alguien de mi familia es atacado y no soy capaz de protegerlos?”. Claro, esto es una película y no debería llevarse más allá de la pantalla. Sin embargo, este tipo de situaciones no son ajenas a la realidad y deberíamos ser conscientes de ello.
Nancy Pearcey relata en su libro “La guerra tóxica contra la masculinidad” un evento de la vida real, en el que un joven irrumpe en un bar universitario para desatar el caos, usando lo que llamaremos violencia viciada (es decir, ajena a la justicia y el amor al prójimo; carente de virtud alguna), con un arma de fuego en contra de otros jóvenes. Al mismo tiempo, un joven evangélico arriesgó su propia vida para salvar a otros en el tiroteo. Pearcey usa esta historia para cuestionar al lector: ¿Cuál de estas dos es la masculinidad tradicional? ¿La que protege o la que violenta a otros? La respuesta es obvia.
Cuando hablamos de violencia, nuestra mente de manera automática la asocia con sucesos negativos en los que alguien se ve afectado. Sin embargo, me gustaría analizar la definición de esta palabra para poder desarrollar mi idea de mejor manera. La palabra violencia proviene del latín violentia, que es la unión de vis (fuerza o poder) y olentus (abundancia). Esto no describe primeramente una maldad moral, sino una fuerza impetuosa que irrumpe con potencia y se le asocia a la distorsión del orden debido a la fuerza con la que se hace visible.
De tal manera, podemos argumentar que la fuerza no solo contribuye al caos, sino también al orden cuando esta se ejerce con sentido de justicia y razón. Con esto no busco defender el uso de la violencia, sino el uso de la fuerza bajo una autoridad moral y de justicia. Como en la escuela, cuando el niño bully está perturbando la paz y alguien con mayor fuerza (o autoridad) se impone sobre él para volver a traer orden. Bien argumentaba Agustín de Hipona sobre lo que él llamó “guerra justa”. Es el uso de la fuerza de forma defensiva, necesaria para restaurar la paz y el orden. La fuerza viril de los humanos debe ser usada de forma legítima en contra de aquellos individuos que lo hacen de forma ilegítima, es decir, violentar por el mero hecho de violentar.
Esto es, precisamente, la contraparte de la violencia viciada y a lo que llamaremos violencia virtuosa (vicio vs virtud). Con esto no me refiero a justificar actos de violencia viciada en pro del orden, porque, como enseña el apóstol Pablo en Romanos 3:8, el fin no justifica los medios. La violencia virtuosa debe estar fuertemente dirigida por la justicia, el amor, la bondad y el respeto. La diferencia radica no solo en el objetivo, sino en la motivación. Como cristianos somos llamados a hacer la paz y ser defensores de ella, pero tristemente habitamos en un mundo condenado por el pecado y sus consecuencias. Nuestras ciudades son corruptas y están llenas de depredadores, necesitados de la redención que Cristo nos hizo posible, los cuales no tienen sentido alguno del bienestar social o del amor al prójimo. Si esto no fuese así, no existiría tal cosa como los cuerpos de seguridad social, como el ejército o la policía. Es precisamente por las consecuencias del pecado que la violencia viciada debe ser contenida con la violencia virtuosa.
¿Y qué dice la Biblia?
Con el fin de no hacer extenso este artículo, me limitaré a comentar acerca de un suceso bastante conocido del Nuevo Testamento. En Mateo 21:12 la Sagrada Escritura nos dice:
Jesús entró en el templo y echó fuera a todos los que compraban y vendían en el templo. También volcó las mesas de los que cambiaban el dinero y los asientos de los que vendían las palomas.
Si hay alguien comprometido con la paz, es Jesús. Esta escena nos revela cosas bastante interesantes respecto a este tema. Muchos podrían creer que los mercaderes no le hacían daño a nadie y que incluso se estaban ganando la vida. Sin embargo, Jesús ve más allá. Nuestro Señor tiene sus prioridades bien definidas; es decir, Él sabe que el templo no es un lugar para hacer comercio, sino para tener comunión con el Dios Altísimo. Jesús defendió aquello que era importante para Él. Actuó de manera fuerte y además justa, o como dijimos, fue virtuosamente violento. A pesar de que su forma de actuar fue violenta, no la vemos como una acción descontrolada; es decir, no fue un arrebato emocional, sino un sentido profundo de justicia y orden, con el celo santo por la casa del Padre. El relato bíblico nos muestra que fue directo con los responsables y no atacó a nadie de forma física, sino que se fue contra sus pertenencias. Tampoco se nos dice que haya destruido aquellas cosas que volcó, por lo que podemos confiar que estaba dentro de sus cabales y plenamente consciente de lo que hacía.
¿Cómo se relaciona esto con la frase de Peterson?
Jesús no es conocido por ser una persona violenta (o viciosamente violenta). De hecho, si hoy le preguntaras a cinco personas no cristianas si consideran que Jesús era una persona violenta, estoy casi seguro de que todos te dirán que no. Esto nos muestra el modelo perfecto de cómo el hombre redimido debe vivir en el mundo moderno: con una vida interior bien organizada, prioridades definidas, control de las emociones tanto positivas como negativas y autocontrol de la fuerza bruta. Esto se define en una oración: dominio propio, uno de los frutos del Espíritu Santo.
Jesús es el pleno reflejo de los frutos del Espíritu. Es Él quien debe ser nuestro modelo ejemplar a seguir en todos los sentidos, superando clichés reduccionistas que por años nos han limitado en nuestra comprensión de la espiritualidad cristiana, como si todo se redujera a la sensibilidad emocional, porque claro, Jesus lloró, pero no es lo único que podemos aprender de él en su condición humana. La sensibilidad emocional es necesaria y es buena, pero no es lo único que Jesucristo nos puede enseñar acerca de ser hombres y mujeres completos, con un carácter moldeado por el Espíritu Santo y guiados plenamente por Él.
Los hombres y mujeres que reconocen a Jesucristo como su Señor (especialmente los hombres) debemos ser personas caracterizadas por el dominio propio de las emociones y la fuerza. Esa es una de las evidencias más grandes de que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Esto nos permite ser capaces de levantar la voz solo cuando hay injusticia, de usar la fuerza cuando es necesaria y, al mismo tiempo, ser mansos y humildes, tal como nuestro Señor lo fue.





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